Pocas ventanas, mejor protección
Si trepamos a la torre cuadrada vemos tan sólo una pequeña ventana en forma de punta de flecha; es la aspillera saetera, siempre al servicio de la protección, que no olvidemos que se trata de una castillo de frontera y de una época de conquistas y reconquistas.
En la misma torre, otra pequeña apertura. Ahora, una puerta que conduce a la sala de armas.

El Castillo, así lo indican los agujeros de las vigas que los más observadores podrán ver en las paredes, tiene dos pisos. En el piso de arriba, dos aposentos divididos por una impresionante arcada de medio punto. Una fue la habitación del conde del Pallars. El lujo de ser el señor, lo marca la letrina dentro de la propia habitación. La otra estancia, un gran salón comedor, con las vasijas para lavarse las manos y sentarse en la mesa con las manos bien limpias y saborear la comida; servida, evidentemente, por el servicio del señor.
La sala, de grandes dimensiones, era del todo polivalente; lo demuestra el hecho que no hay demasiados muebles y, la mayoría de los que hay, son desmontables y multifuncionales. Además de las funciones de comedor, sala de baile y sala de estar, se convirtió en un espacio destinado a algunos actos oficiales como por ejemplo la administración de justicia. A los castillos más antiguos era el único espacio reservado a la vivienda, y por lo tanto, por la noche dormía toda la corte, es decir, los miembros de la unidad doméstica, los sirvientes más próximos a los señores, los colaboradores inmediatos y los invitados, en unas alfombras plegables que se guardaban de día en los cofres de la pared y que se desplegaban por la noche una vez arrinconadas las mesas. También era el espacio donde se hacía ostensible la riqueza y la posición del señor, y por esto estaba decorada con todos los elementos lujosos que su capacidad económica pudiera permitir y que su posición social exigiera. De las paredes colgaban tapices y por el tierra se desplegaban alfombras.
La ubicación de los castillos en cerros y arriba de las carenas impide, en muchas ocasiones, disponer de una fuente de agua en el entorno inmediato del castillo; y aún es más difícil que esta fuente se encuentre en el interior del recinto fortificado. De ahí que los constructores de los castillos diseñaron varios procedimientos por abastecerse siempre al máximo de agua posible para poder desarrollar la vida diaria y estar preparado para resistir un asedio.
En el Castillo de Mur, hay una cisterna un tanto curiosa; puesto que está elevada. Curiosidad extraña, puesto que realmente es más difícil conservar el agua elevada que no hacer un agujero e introducir el agua allí.
En esta zona, los visitantes podrán observar, también, un cubierto en forma de semicírculo donde hacer fuego y la letrina para el uso de los soldados. En el caso del Castillo de Mur, se ha podido comprobar que las aguas grises -utilizadas en la limpieza y la higiene- eran expulsas al exterior por unos desagües donde, mediante unos canales excavados en la roca, eran dirigidas hacia una posible cisterna, que no ha sido localizada hasta el momento. Estas aguas podían ser recicladas y empleadas para dar de bebida a los animales.
Y, en el patio de armas, otra curiosidad: un invento al servicio de la protección; hablando en un lenguaje más actual, un sistema para ahorrar costes. Un sólo soldado defendía el patio desde una pequeña puerta; la entrada en forma de ziga-zaga evitaba que los enemigos pudieran coger el suficiente empuje para derribarla.
El último aposento, antes de salir del Castillo, es la "Taborda", la prisión que no puede faltar nunca en ningún castillo.
Concertad vuestra visita al Castell de Mur y descubrid un auténtico castillo fondo rocoso.
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