Érase una vez
"Temps era temps havia, en un poblet medieval..." ("Érase una vez en un pueblecito medieval"), así empieza una canción popular catalana y así puede empezar, también, la historia del Castillo de Mur. Un castillo que ya hemos dicho que era de frontera, pero que su función principal, no fue tanto vigilar la frontera con el al-Àndalus, sinó la de dominar y vigilar un territorio y su gente.
Es decir, hace falta relacionarlo más con el feudalismo que con la función de vigilar la frontera. ¿Por qué? Pues porqué la sierra del Montsec ya ofrecía una protección considerable, y, además, el señor del castillo, Arnau Mir de Tost, fue el primero en atravesar la frontera y conquistar Àger; con lo cual la frontera se desplazó mucho más al sur.
Documentado desde el 969, el castillo perteneció, primero, a los condes de Pallars y, más adelante, en su época más "esplendorosa", a los Mur. Es una de tantas historias de cambio de manos de grandes poderes, entre nobles y a partir de bodas, herencias y pactos inverosímiles.
En este caso, en 1055 Ramon V del Pallars Jussà se lo cede a Arnau Mir de Tost como dote para casarse con su hija. Y Arnau Mir de Tost sacó bastante provecho de este "premio" por su matrimonio. Su territorio creció de tal manera que pronto se añadieron más fortalezas; los castillos de Guardia, Estorm, Moror, la Encina y Puigcercós, pasaron a formar parte, así, del patrimonio de Arnau Mir de Tost.
Poderoso pero no inmortal, Arnau Mir de Tost entregó, al morir, sus posesiones a su hija Valença, esposa del conde Ramon V. A partir de aquí, las siguientes generaciones continuarían haciendo crecer el patrimonio heredado.
Santa Maria de Mur, Ramon V y Valença empezaron, en el año 1057, la construcción de una iglesia. La continuó su hijo, Pere Ramon, que la hizo consagrar el año 1069. No fue hasta 30 años después de que Pere Ramon cedió a vincular directamente la Santa Seu en la canónica. Así, surgió una administración exenta de los Obispos de Urgell. En los tiempos de gloria, desde la canónica de los Mur se ejercía en una docena de iglesias más; pero a finales del siglo XIV la vida canonical empezó a decaer. La canónica fue convertida en colegiata y, en 1851, ya acabó perdiendo todos sus privilegios y quedó como simple parroquia rural, la que hoy aún pueden admirar los visitantes del castillo. Es justo decir, también, que las pinturas que decoraban el ábside central son consideradas como una de las mejores muestras de pintura románica. Desgraciadamente, haría falta ir al extranjero para poder verlas, puesto que se encuentran en Boston.